Carlos María Isidro de Borbón (1788-1855) fue espectador y protagonista de su convulso tiempo: la crisis del Antiguo Régimen y las luchas entre sus defensores y sus detractores revolucionarios en Europa y América. Este infante se puso al frente de aquellos españoles que decidieron defender el modo de vida tradicional, las costumbres y usos antiguos, la confesionalidad de la sociedad, bajo el trilema Dios, patria y rey. Su vida discurrió durante la guerra de la Independencia, las luchas armadas entre realistas y liberales que eclosionaron en la guerra de los Siete Años o Primera Guerra Carlista, donde sus partidarios lo defendieron como legítimo monarca de España. La victoria de los isabelinos en 1840 provocó su exilio por diversos reinos europeos y abdicó sus derechos históricos a la Corona en su hijo mayor, Carlos Luis, con la esperanza de facilitar una reconciliación política.
En la España de Carlos IV no existe un odio estamental declarado contra la nobleza, no acontece lo que sí sucede en Francia, una persecución a sangre y fuego. Por eso es posible cierta confraternización social, que era incluso secular. De otro lado, estas facciones no son ajenas al pueblo, con el que existe una voluntad de identidad, un fenómeno que no incluye la reciprocidad ideológico-cultural de una forma exacta, como es lógico; salvo para trasladar ciertas preocupaciones culturales (teatro, toros) y políticas puntuales, dentro de un marco histórico de relaciones novedoso: la «nación», diluida en el pueblo sin más. Es aquí donde coinciden Pepita González, la condesa de Amaranta y la duquesa de Lesbia entre otros personajes dentro de la galdosiana Corte de Carlos IV (1873), el segundo de los Episodios Nacionales, una densa y compleja obra, considerada una especie de radiografía de la sociedad española. (Francisco Javier G